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En la Caracas de los
años cincuenta existió un hombre aventurero. Su pasión era la conquista de
mujeres hermosas y bellas, a las que comparaba con la sultana del Ávila y
llenaban su espíritu de infinita alegría cuando venían engalanadas con flores de Galipán. La otra pasión, viajar.
Recorrió casi toda Venezuela y Colombia. Deseó viajar a Europa, pero por más que hizo diligencias
por conocer el viejo continente europeo
no lo logró. Un día cualquiera, ya viejo, calvo, sin dientes y sin dinero lo
sorprendió la muerte y sus restos fueron enterrados en una fosa, ya con un
pasajero, en el cementerio General del Sur, donde reina el desorden y la
anarquía.
Allí mismo, unos quince
a veinte años atrás fue sembrado un adulto mayor proveniente del viejo
continente, que su nieta ordenó inhumar, cremar y llevar a su ciudad natal para
que estuviera más cercano a sus familiares y éstos pudieran visitarle, llevarle
flores y brindarle la atención que por muchos años dejó de recibir en el campo
santo de la ciudad de Caracas.
La joven contrató los
servicios de una funeraria para que realizara todo lo necesario para que los
restos fuesen inhumados, cremados y tramitaran el permiso para ser trasladados
a Europa. Pero sucedió algo extraño: Cuando llegaron ante la posible tumba las
personas allí presentes, tanto la nieta, la gente de la funeraria y los
trabajadores del cementerio fueron presas de un raro efecto.
La voluntad de aquellas personas fueron intervenidas por un espíritu superior que les inducía a decir: “ Si, esta es la tumba, así me lo dijo mi papá”. Sacaron los restos, y seguían diciendo: “ Sí, son los mismos. Mira la calva y los maxilares sin dientes y así era mi abuelo” y para concluir: “La osamenta es la de un hombre muy mayor de edad como lo fue mi abuelo”.
El muerto aventurero estaba eufórico, se frotaba las falanges y decía en silencio: “Al fin se van a cumplir mis deseos. Me llevarán a Europa, no importa que sea con otro nombre, me adoptaran como su abuelo adorado y tendré un reposo lleno de cariño, de amor y confraternidad familiar. ¡ Ese viejo tonto que se quede aquí como guachimán de este camposanto tan feo!
La voluntad de aquellas personas fueron intervenidas por un espíritu superior que les inducía a decir: “ Si, esta es la tumba, así me lo dijo mi papá”. Sacaron los restos, y seguían diciendo: “ Sí, son los mismos. Mira la calva y los maxilares sin dientes y así era mi abuelo” y para concluir: “La osamenta es la de un hombre muy mayor de edad como lo fue mi abuelo”.
El muerto aventurero estaba eufórico, se frotaba las falanges y decía en silencio: “Al fin se van a cumplir mis deseos. Me llevarán a Europa, no importa que sea con otro nombre, me adoptaran como su abuelo adorado y tendré un reposo lleno de cariño, de amor y confraternidad familiar. ¡ Ese viejo tonto que se quede aquí como guachimán de este camposanto tan feo!
Los restos fueron
inhumados y cremados. Estando en trámites los permisos correspondientes para su
traslado a Europa, la nieta vuelve a la realidad y comienza a dudar sobre la
veracidad de los restos que pretendía llevar al viejo continente. Vuelve al
cementerio y por casualidad conversa con un trabajador sobre el asunto y el
tipo de manera certera y sin titubeo le dijo: Mira mija, yo enterré ese muerto
cuyo apellido me acuerdo ahora, conocí a
su familia, especialmente a su hija quien se enojó por haberle echado un poco
de tierra en la fosa, fue enterrado con una placa que menciona su nombre,
apellido, cédula de identidad y nacionalidad. Y para mayor precisión, la tumba
está ubicada cerca de una reja, allá donde usted vé esas matas”.
El otro día inhumaron
los restos y exactamente se comprobó la exactitud de los datos que dio el
trabajador del campo santo.
El muerto aventurero,
cremado y fuera del campo santo, fúrico y desmotivado por la triste realidad
ante la incertidumbre de su nuevo destino, solo acierta decir: “Por lo negro de
una uña no viajé al viejo continente, que vaina, sigo con la suerte al revés”
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