lunes, 16 de junio de 2014

ENTONCES, PORQUE TE LA PINTAS?



                                                        


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 El tatuaje tiene una historia remota. Ha sido practicada por el hombre en diferentes épocas por motivos diferentes. Se dice que el tatuaje fue una práctica de los pueblos de Europa y de Asia en la época del neolítico y al respecto se han encontrado muchas pruebas de ello, incluso una momia dentro de un glacial de los Alpes  austro-italianos con  57 tatuajes en la espalda. Esa momia es conocida como “ El hombre de hielo” o como Otzi. Se ha calculado que tiene hasta ahora unos 57.000 años de antigüedad. 

Los motivos por los cuales los hombres y las mujeres se han tatuado son diversos. Los de Polinesia lo hacían por motivos ornamentales, los maoríes para ir a las batallas, sus tatuajes contribuían a asustar a sus enemigos, en América del norte los indígenas para el ritual que practicaban, cuando uno de sus miembros pasaba de la pubertad a la adultez se le tatuaba con el fin de proteger su alma. En América central las tribus utilizaban el tatuaje a modo de conmemorar a los caídos en las batallas y como forma de adoración a sus dioses. Durante la Alemania nazi fue utilizado para marcar a los prisioneros en los campos de concentración. En las cárceles lo practican como motivo religioso o por motivos emocionales en el caso de prisioneros por delitos de robo.

 Y explicado el tema, la pregunta no se hace esperar: ¿ Por qué motivos la practican la juventud de hoy, tanto hombres como mujeres?. Hace pocas horas fui espectador de un hecho que realmente me motivó a realizar este cuento. Subiendo por la escalera mecánica del metro de Caracas, en la estación de la Hoyada vi a una joven muy bien parecida, poseedora de un cuerpo espectacular que usaba unos pantalones muy pegados y bajos que dejaban ver un frondoso y hermoso tatuaje de una culebra enrollada cuya cabeza se dirigía hacia la zona rectal. Qué intencionalidad manifiesta buscaba esa joven al realizarse ese tatuaje: ¿matar por asfixia al pobre animal?, ¿asustar a sus posibles galanes? ¿ Invitar a sus galanes hacer lo mismo que hace el ofidio?. Pero la cuestión no termina allí. Detrás de la dama subía también un muchacho joven que al ver tan insinuante tatuaje le dice en voz baja: “Señorita, quiero morir como esa culebra” y la dama, reaccionando rápido y veloz como un rayo en alta voz le respondió: “Porque no te vas a morir en la de tu madre?      

“Entonces, para que te la pintas”- murmuró el joven.
¿ Cuál  pudo ser el motivo que indujo a esta mujer a pintarse semejante tatuaje?  


EL ANALFABETA



                                                            
   
El analfabetismo lo entendemos como la incapacidad que tiene la persona para leer y escribir, y que generalmente se debe a la falta de aprendizaje. Es analfabeta, entonces, quien no lee ni escribe.
Este es un problema cultural de los pueblos de América y los gobiernos, fundamentalmente los  progresistas, se han empeñado en hacer grandes esfuerzos para enseñar a leer y escribir a su gente como primer paso para sacarlos de la exclusión donde las clases dominantes los han tenido. Venezuela, mediante el método “Yo si puedo” logró alfabetizar a casi la totalidad de los venezolanos y venezolanas que se encontraban en esa situación, alcanzando el reconocimiento de la Unesco como país libre de analfabetismo. Asimismo lo hizo Bolivia, Ecuador, Perú, Honduras y Nicaragua.
El analfabetismo se puede clasificar como “Analfabetismo absoluto” cuando la persona no sabe leer ni escribir, y “Analfabetismo funcional” cuando la persona sabiendo leer no es capaz  de comprender lo  que lee. También pudiéramos contemplar en esta última categoría aquellas personas que portando aparatos electrónicos como celulares, DVD, aparatos de sonido u otros no tienen la capacidad para utilizarlos plenamente. Personas hay que tienen tremendo celular de última generación y por cuanto no tienen el conocimiento del funcionamiento del mismo y la destreza en su manejo, solo lo usan para llamar y recibir llamadas. Esas son Analfabetos funcionales.
Manuel, el famoso Manuel de los cuentos, es uno de ellos. En una oportunidad en que su esposa y compañera salió para el oriente, quiso acomodar la alarma del celular para que lo despertara a las cuatro de la mañana para ir al trabajo. Hizo cuanto pudo y no logró acomodarla. Cinco veces en la noche se levantó de la cama para ver la hora en el celular, durmió poco, pasó la noche en vela. Ya en el nuevo día, consultó la hora y eran las cuatro de la madrugada, tomó el paño, se hizo el aseo bucal, se afeitó, se bañó, se vistió y salió hacia la parada del bus. En el trayecto hacia la parada no encontró a nadie. Todo estaba solitario y en silencio. En la parada no había ningún usuario. Al fin, como a la hora  llegó una señora y luego otra y Manuel le preguntó la hora. “Faltan diez minutos para las cuatro de madrugada” le respondieron. ¡Vergación, me paré a las tres de la mañana por haber manipulado la hora del celular”-grito Manuel.  

¡COSAS DE VIEJOS!




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La abuela siempre decía en sus tertulias, que en el fondo eran consejos, que el adulto mayor, como hoy suelen llamarlo, no es más que un niño. Tío  Juan sostenía que el hombre pasa por cuatro fases en la vida: La del mono (fase de los primeros años de vida de la persona. Todo lo que hace es gracia y risa para los adultos), la fase del burro (el adulto asume la responsabilidad de crear familia y comienza a cargar cuanto sea bueno y necesario para la familia que tiene en casa); la fase del perro (comienza cuando las hijas pisan los doce años. El hombre asume el papel de vigilante, a cuidar que las menores no caigan en los brazos de los Rodolfo Valentinos del pueblo); y luego vuelve la fase del niño (cuando la persona llega a la vejez extrema, no controla sus actividades físicas  naturales, todo se le olvida y por lo tanto lo que hace es motivo de gracia y risa para los demás).
En unas vacaciones nuestra familia salió para el oriente del país, más que a pasear fueron a contactar la compra de un  inmueble en un pequeño y pintoresco  pueblo enclavado en la cordillera montañosa del Turimiquire, pensando, que una vez pensionado el jefe de la familia, mudarse a pasar los últimos años de vida en ese hermoso pueblo donde el sol se oculta entre la neblina, el calor humano de su gente es tierra fértil para la siembra de la amistad eterna y donde el trabajo constituye la base del hogar, de la región y de la patria. Invitaron a su compadre, a su mejor amigo, compatriota y amigo ya cargado de años, barba espesa y canosa, de caminar lento e inseguro, pero con expresiones esporádicas  de aquella juventud que otrora fuera plena de alegría que incitaba a la naturaleza y a los pájaros a cantar y revolotear ante su presencia. 

En el pueblo de San Agustín, destino del viaje familiar, se hospedaron en un hermoso chalet y desde allí, en su automóvil recorrieron el pueblo, Caripe, Sabana de Piedra, Guanaguana, Quebrada Seca, San Félix de Caicara, Los Cardones, Caicara de Maturín, Punta de Mata y Tejero. Una mañana muy temprano que habían planificado ir para Punta de Mata se consiguieron con una gran sorpresa, el vehículo del compadre, donde habían ido todos, no le funcionaba la caja de velocidad. Los cambios no se lograban hacer porque la palanca, no obstante el esfuerzo que hiciese el conductor, no se movía ni siquiera un centímetro. Revisaron el aceite y estaba en lo mínimo. Había que buscar aceite hidráulico y salió una dama conocedora del pueblo, quien en el camino pensaba que si la caja realmente estaba en malas condiciones se trasladaría a Caicara de Maturín donde conoce a un  mecánico muy eficiente en la reparación de las mismas. Mientras tanto, los otros se quedaron asistiendo el carro averiado. Le medían el aceite, lo movían fuertemente para ver si la caja se despegaba. Ya cansado, uno de ellos a baja voz dice: “Padrino ese carro no tendrá puesto algún seguro”  y responde el viejito barba canosa y de andar lento:

 ¡ Toño mi hijo, si es verdad, anoche yo le puse el seguro!. Y seguidamente le sacó un pasador de casi treinta centímetros de largo que inmovilizaba la palanca de los cambios de la caja de velocidad.  Al día siguiente ocurrió el mismo problema y el viejito repetía el mismo refrán: “ ¡Toño comadre, si es verdad, anoche le puse el seguro!”. ¡ COSAS DE VIEJOS!


viernes, 13 de junio de 2014

¡ SIEMPRE, EL MALDITO DINERO!



                                        
Aquella era una Venezuela predominantemente rural. Estamos hablando  de la década de los años cuarenta del siglo pasado. La mayoría de las familias se dedicaban a la agricultura y la cría. Hambre no había porque todos se dedicaban al trabajo de la tierra. En el pueblo sacrificaban dos reses por día y en el mercadito municipal se compraba la carne de primera a dos bolívares de los viejos el kilo. El queso se adquiría a razón de un bolívar el kilo. La torta de casabe tenía el precio de un bolívar. Los productos agrícolas como la auyama, el cambur, la lechoza, el melón, la patilla se perdía o servían para alimentar a los animales porque como todas las familias los producían nadie los compraba. El problema era conseguir dinero para comprar  pantalones, ropa interior, camisas, vestidos y zapatos, que también eran baratos, pero el dinero escaso y difícil de lograr. En el marco de esta situación económica se produce el hecho objeto de este cuento.
Dos primos  adolescentes, Felipe y Fernando, se encuentran muy de mañana en la calle y el primero de ellos le dice al otro: ¡ te tengo un notición, hermano! 
  
¡Desembucha pues, no dejes para mañana lo que puedes hacer  ahorita!-le dice Fernando.
Bueno, para la oreja  porque lo que vas a escuchar es para consumo propio.  ¿Tú conoces a Barbarita, esa trigueña piel canela, rellenita, cabello negro que le cae en la espalda como subyugante cascada, ojos grandes como los de la virgen María y que es el anhelo de los jóvenes de este pueblo?- Interroga Felipe.
¡Si!- contesta Fernando-
¡Ese cuerpito fue mío anoche, y aprendí lo siguiente, hermano: quien la pretenda tiene que enamorarla y llevarle cualquier cosa!- confiesa Felipe
¡Voy por ella, también será mía!-dijo para sí Fernando. Y desde ese momento comenzó a buscar la amistad de Barbarita. Muy temprano de la mañana la ayudaba a transportar el agua desde la pila a su casa y mientras hacía esto la enamoraba. Al mes, más o menos, Barbarita le dio el si y prometió dejarle abierta la puerta del fondo de la casa para que entrara a su aposento después de la doce de la noche de ese día.
El joven Fernando pendiente de la otra condición que le dijo el primo, no encontraba que llevarle a Barbarita. Dinero no tenía ni había visto por lo menos los últimos tres  años de su vida. Decidido  escogió la mano de cambur más hermosa y grande; agarró un  enorme y fresco melón y se fue a la cita. Brincó el fondo de la casa y como encontró la puerta abierta dejó lo que le llevaba al lado de la puerta y  pasó al recinto donde le esperaba aquella belleza. Entre besos y abrazos preliminares a lo que vendría después, Barbarita en imperceptible susurro le preguntó: ¡Qué me trajiste! Y él le contestó: ¡ Una mano de cambur y un melón! . Con un relámpago movimiento ella le metió una pierna en el abdomen y lo lanzó contra la pared, dejándolo casi privado por el golpe. Fernando salió cabizbajo. Cuando pudo hablar solo se le escuchó decir como una blasfemia: ¡Siempre el maldito dinero, Dios mío. Siempre, siempre!   ¿Hasta cuándo?